El Misterio de la Inclusión…

Periódico Buena Nueva de Linares > Agosto_2017 > El Misterio de la Inclusión…

Jesús partió de Genezaret y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!, mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”. Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: ”¡Señor, socórreme!” Jesús le dijo: no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los perritos”. Ella respondió: “¡Y, sin embargo, Señor, los perritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!” Entonces, Jesús le dijo: “Mujer, ¡Qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” y en ese momento su hija quedó sana. (Mt 15, 21-28)

 

Para tener en cuenta…

Uno de los primeros desafíos con los que encontró la naciente Iglesia, fue discernir hasta dónde llegaba la llamada a la conversión con la que Jesús había comenzado su ministerio, hasta dónde extender el anuncio del Reino y la invitación a acogerlo y a sentirse miembros de él; en otras palabras, si acaso esta Buena Noticia que estaba transformando la vida de aquellos que habían conocido y seguido al Señor debía quedarse encerrada en las fronteras del pueblo de Israel o traspasar esas frontera para llegar a todos los hombres y mujeres, sin importar raza, lengua o condición.

La universalidad del Plan de Salvación había sido, por cierto, un descubrimiento que se venía revelando desde el tiempo de los profetas, fueron éstos, los primeros que comenzaron a comprender que la Palabra y la llamada a la salvación del Señor no podía quedarse sitiada en las fronteras de Israel, sino que era una buena noticia para toda la humanidad; sin embargo, en los profetas, -Isaías, Miqueas, entre otros- esta acción de Dios pasaba por la hegemonía de Israel por sobre todas las naciones y el reconocimiento y observancia rigurosa de la Ley de Moisés por parte de éstas.

Si pudiéramos marcar a grandes pasos el proceso de apertura y comprensión de la universalidad de la llamada a la conversión, el punto de partida se encontraría en el momento en que el Dios del clan familiar, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob, que ha salido en tiempos antiguos al encuentro del fundador de la familia, se convierte en el Dios liberador de un pueblo entero: el Dios de Moisés que “con mano fuerte y brazo extendido” quiere liberar a Israel -Su pueblo- de la opresión de Egipto; la elección por parte de Dios es todavía sólo respecto del pueblo de Israel, en detrimento del resto de las naciones; un segundo paso, el dado por los profetas cercanos a la experiencia del exilio, sería: la salvación es para todos los pueblos, siempre y cuando acepten la hegemonía de Israel y se sometan a la Ley; el último paso: la salvación es universal: Dios quiere hacer de todos los pueblos un solo pueblo, sin exclusiones, un pueblo formado por todos aquellos que acepten su llamada, integrado por hombres y mujeres de toda raza, lengua, nación y condición; éste es paso que no alcanzaron a dar los profetas del Antiguo Testamento y el desafío que estaba a las puertas en el tiempo de los Evangelios.

Este desafío se ve claramente reflejado en este admirable fragmento de Mateo, en el que el Evangelista proyecta sobre el propio Jesús y sus discípulos el gradual proceso de aceptación y acogida de los nuevos cristianos, convertidos desde el paganismo, que sin ser miembros del pueblo de Israel, comenzaban a sentirse parte de este nuevo Pueblo de la Alianza: la Iglesia.

En los cuatro momentos del texto, se nos muestra este proceso de apertura al otro, al que es distinto, ese proceso que pasa de la exclusión a la inclusión.

En un primer momento, Jesús pasa por el lado de la mujer cananea sin decir nada, sin reacción alguna ante la súplica de la mujer; ésta no ha traspasado aún la barrera de la indiferencia, tan característica de los usos culturales de la época en donde sólo entre semejantes es posible una relación personal, y en los que el otro, el extranjero, no es considerado un semejante; las súplicas de la mujer parecen caer en el vacío; mujer y pagana, carga por partida doble el oneroso fardo de la exclusión, pertenece a la masa anónima de los que quedan fuera, de los que no llegan a poblar el horizonte de las preocupaciones de quienes se encuentran entre aquellos que se consideran parte de un grupo de pertenencia.

En un segundo momento, Jesús reacciona, al parecer no ante las súplicas de la mujer, sino ante la insistencia de los discípulos, y lo hace para enfrentarlos ante la realidad de la exclusión, normalmente aprobada y aplaudida por quienes se encuentran incluidos de pleno derecho dentro del grupo; ¿Intento del Señor de hacerlos despertar frente a esta situación, de ponerlos en alerta para hacerlos entrar en un proceso de discernimiento ante esta tremenda prueba entre la misericordia y la fidelidad a su cultura?, parece ser así, máxime si consideramos que apólüson, el verbo en imperativo que Mateo pone en boca de los discípulos, no indica prestar atención a alguien, como podría parecer al ver el “atiéndela” de la traducción, sino significa más bien despedir, despachar, hacer algo expedito para que alguien se vaya cuanto antes, como para desembarazarse de quien está molestando, de quien está importunando con sus requerimientos; la actitud espontánea de los discípulos, no es ni de solicitud ni de preocupación solidaria, sino de molestia, incomodo y exasperación ante la presencia del otro, ante la presencia de la diferencia experimentada como invasión de los estrechos espacios propios, ante la presencia de la diferencia percibida como amenaza.

En un tercer momento comienza el diálogo con la cananea, es el momento más duro y más sorprendente de todo el relato: ante la mujer, que ya por cierto acusa haber recibido alguna catequesis acerca de la identidad del que está enfrente suyo: lo ha reconocido como Hijo de David, es decir como el Mesías, y alcanza a ver en él la presencia de Dios mismo, (lo trata de Señor y se postra a sus pies), Jesús recuerda la expresión común con la que los Judíos de su época solían referirse a los extranjeros, a los incircuncisos, a los paganos: perros; sin embargo no la recuerda sin más, Jesús abre una brecha en el muro de la exclusión usando el diminutivo –con humor y fina ironía frente a su propia cultura-: ”No está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los perritos”.

La puerta ha quedado entreabierta, y la ocasión la aprovecha la mujer con esa sabiduría nacida de la indigencia, con el paradójico atrevimiento al que sólo se puede asomar quien nada tiene que perder, con la audaz inventiva de los pobres: su réplica recoge las palabras de Jesús y se las devuelve, apelando una vez más a la misericordia, asumiendo la cultura hostil y reflejándola en toda su inhumanidad, para clamar por la conversión de la misma.

En el cuarto momento, Jesús se deja vencer por la perseverancia y por la fe, se deja vencer por el amor de esta mujer hacia su hija, que la ha hecho exponerse hasta el extremo de olvidar la humillación y las convenciones de su propia época y cultura, que no permitían a una mujer enfrentarse así en una discusión en medio de un grupo de hombres; la mujer ha dado el paso que la convierte en discípula; la pagana ha manifestado la fe que era necesaria para un seguimiento del Señor llamado a transformar por entero el mundo.

Ante este amor, ante esta fe, ante esta audacia, Jesús hace el gesto que señalará el rumbo de la nueva comunidad, la Iglesia: su misericordia se hace extensiva, se hace inclusiva: la sanación de la hija de la cananea, es la sanación de su cultura, es la sanación para una humanidad nueva, que recibe la misión de propagar la Buena Noticia de un Dios Misericordioso que no quiere excluir a nadie de su invitación a participar para siempre del inagotable misterio del pan de los hijos, el pan de la Eucaristía, que derrumba las fronteras y nos hermana en la riqueza inagotable de la unidad en la diversidad, integrándonos en la comprensión de una humanidad nueva, sin arrasar con la diferencia.

Raúl Moris G., Pbro.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *