Animación Bíblica de la Pastoral

Periódico Buena Nueva de Linares > Agosto_2017 > Animación Bíblica de la Pastoral

Durante el mes de Agosto, la liturgia nos invita a contemplar las difíciles etapas del Camino del Discípulo, del que reconoce a Jesús como Señor, del que se dispone a seguirlo, del que se atreve a confrontar sus propias expectativas con la hondura del desafío que el Señor nos propone cuando sale a nuestro encuentro y nos invita aenderezar nuestras huellas tras sus pasos…
Pbro. Raúl Moris Gajardo

 

El Encargo de las LLaves…
Dgo. 27 de Agosto, XXI del T. Ordinario

Y Jesús le dijo: “Feliz tú, Simón, Hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”.(Mt 16, 13-20)
El elogio a Pedro, en el marco de la confesión mesiánica de Cesarea de Filipos, continúa en forma de confesión vocacional, la vocación que se confirma -siguiendo una costumbre que hunde sus raíces en la tradición del Antiguo Testamento- en el acto de imposición del nombre nuevo: “Tú eres Pedro”, es decir, lo que tú has dicho se asienta sobre el fundamento sólido, pétreo, de la acción del Señor que quiere edificar sobre tu vida; y la solidez de esta palabra en la que tú has creído, de esta Palabra de la que te has apropiado, que la has hecho tuya al punto de declararla abiertamente delante de tu comunidad, te ha transmitido su solidez; tu fe es cimiento del nuevo pueblo que recibe como herencia obedecer, realizar y manifestar el misterio de la voluntad del Padre.
De esta manera, las siguientes palabras de Jesús -esta vez sobre la Iglesia- van a ser, por una parte, una afirmación consecuente, nacida a partir de la revelación de la solidez de su cimiento y una promesa fiel de la manifestación de la gracia que, se prodiga siempre más allá de nuestras más ambiciosas expectativas: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella”.
Jesús promete a Pedro, que este pueblo de convocados, la Iglesia permanecerá hasta el fin de los tiempos; no le promete, por cierto, la inmunidad contra las fuerzas adversas que desde afuera y muchas veces en su mismo seno intentarán atacarla; no le promete una tranquila placidez en su caminar; no podría ser así en una Iglesia que se refleja en la imagen de la barca del pescador, zarandeada por las olas y la resistencia del mar y de los vientos, pero siempre a flote, tantas veces navegando a contracorriente, con su tripulación extenuada, abatida, aparentemente derrotada, pero animada por el titilar de las luces, aun difusas de las costas patrias, hacia donde navega infatigable. Lo que Jesús promete es que este proyecto no habrá de desaparecer; la primera palabra dicha sobre la Iglesia es también la última: la muerte no podrá vencerla, la promesa de vida imperecedera, se manifiesta en el destino de esta Iglesia de los peregrinos que alcanza la plenitud en el cielo: la Iglesia de los testigos y santos, llamada a la comunión eterna con el que es la vida.
Entregar las llaves es signo de absoluta confianza, a quien se le entregan las llaves, se le entrega una responsabilidad, la responsabilidad de abrir y cerrar, de administrar entradas y salidas, responsabilidad de la custodia y acogida. Análoga responsabilidad de entregar la autoridad para atar y desatar.
A Pedro, y con Pedro, a la Iglesia, Jesús le entrega una tarea en donde ha de probar su fidelidad día tras día hasta el fin del tiempo, fidelidad a la confesión que Simón acaba de hacer, porque sólo en esa confesión de fe la Iglesia tiene asegurada su fuerza para peregrinar con pie firme hasta ver la consecución del Reino en todo su esplendor, porque sólo desde esa confesión de fe renovada cada día, en cada Eucaristía, en medio de las vicisitudes de la historia, en medio de las diversas culturas, de los distintos desafíos que el tiempo erige delante suyo, la Iglesia puede ser buena noticia para el mundo.
Fidelidad al querer del Padre que se ha complacido en darse a conocer por medio del Hijo a todos los que acojan su Palabra, y que ha querido entregar en nuestras manos la tarea de su obra salvadora; que confía en que, con la ayuda de su Espíritu Santo, el peso de las llaves podrá ser sostenido por los brazos de Pedro, que ésa, su ayuda, hará a Pedro digno de cargar con las llaves hasta el último día.
Fidelidad, por último, de cara a la comunidad entera y al mundo, porque a través de la Iglesia ha de vincularse cada vez más la humanidad con el plan de salvación que el Padre ha diseñado con sabiduría y amor desde el comienzo del tiempo, porque a través de la Iglesia ha de prodigarse la liberación que el Señor ofrece a la humanidad, y han de desatarse las cadenas que el pecado ha enredado en torno nuestro y que nos impiden ser hombres y mujeres que gocen en plenitud la alegría de descubrirse como hijos y herederos del don de Dios.

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