Éste es mi Hijo, escúchenlo…

Periódico Buena Nueva de Linares > Animación Bíblica > Éste es mi Hijo, escúchenlo…

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “¡Señor, qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y se oyó una voz que decía desde la nube: “Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.
(Mt 17, 1-9)

 

Para tener en cuenta…

 

Para poder comprender el sentido que tiene en el Evangelio de Mateo el Relato de la Transfiguración es necesario hacer algunas precisiones; en primer lugar, recordar que, como todo relato que se encuentre en cualquiera de los Evangelios, se trata del recuerdo elaborado desde la experiencia pascual, desde la plenitud de significado que para los testigos de la vida de Jesús, de sus acciones, decisiones y palabras, representó el acontecimiento de ver resucitado al Señor, tal y como Él mismo lo había anunciado; que, después del acontecimiento pascual, los verbos usados por Jesús para anunciarlo, los que los evangelistas recogen en griego con las formas anhístemi (lit. ponerse de pie) y egeiro (lit. levantarse) iban a entrar en una esfera de comprensión totalmente original, e iban a significar algo radicalmente nuevo respecto del empleo ordinario y coloquial de estas expresiones; que la palabra “Resurrección” no era una metáfora para decir veladamente “insurrección”, en el ámbito político o social, sino el anuncio de una irrupción absolutamente inaudita del Eterno en el continuo de la temporalidad de nuestra existencia; recuerdo y toma de conciencia, que se plasma de modo definitivo luego de un proceso interpretativo circular, en el que los acontecimientos y las palabras proferidas, por -Jesús o por la tradición y los profetas- se iluminan mutuamente y transparentan un único sentido: la real identidad de este Jesús, Señor, Vencedor de la muerte. Este proceso de hecho se declara de modo bastante explícito en la advertencia de Jesús a sus discípulos en las palabras que cierran la perícopa.

En segundo lugar, es preciso señalar que se trata de acontecimientos contemplados, comprendidos y trasmitidos por hombres que habitan y se relacionan con su mundo desde una cultura determinada: un pueblo que construye su visión de mundo a partir de las categorías de comprensión que le proporciona la palabra conservada, interpretada, y transmitida con devoción durante generaciones.

A partir de estas consideraciones, podemos entrar en el Relato de la Transfiguración del Señor mediante la observación de algunas imágenes que nos proporciona el Evangelista y que hunden sus raíces en la tradición del pueblo de Israel.

El relato de la Transfiguración del Señor es una Epifanía: una revelación de la entera naturaleza y de la misión de Jesucristo. Si en el relato de las tentaciones en el desierto, que los Evangelios Sinópticos ubican como pórtico del ministerio público de Jesús, el Señor se nos muestra de cuerpo entero, en toda la fragilidad y en toda la entereza de su humanidad: el Hombre Verdadero; en el de la Transfiguración se completa la revelación exponiendo su naturaleza divina, en la que se muestra en todo su esplendor Cristo, Verdadero Dios; por lo que no es solo una Epifanía, a la que asistimos, sino a su vez, una Teofanía: la manifestación del Señor, que irrumpe en el plano ordinario de los acontecimientos humanos, penetrando desde su eternidad en nuestra temporalidad. Una revelación que viene a culminar la historia de la salvación haciendo visible el rostro del Dios invisible, que ha querido hacer alianza con la humanidad desde el comienzo del tiempo.

Los elementos de esta Teofanía son los clásicos signos con los cuales la tradición del Pueblo de Israel venía dando cuenta en el Antiguo Testamento de esta libérrima acción de Dios en su vida y en su peregrinar:

Este acontecimiento ocurre en un monte, en el lugar en que la topografía bíblica sitúa el espacio privilegiado de encuentro de la tierra con el cielo, del hombre con Dios; espacio no para la habitación permanente de los hombres, sino para el encuentro, la comunicación de la misión y el envío, (como el Horeb, el Sinaí, el Carmelo, entre otros); el monte es el espacio de la intervención, de la interrupción del paisaje humano, el monte es el paraje que apunta y conduce al cielo: la sola invitación a subir al monte elevado, aparte de los demás apóstoles, implícita en la obertura del relato, debió ser para estos tres Apóstoles -escogidos como testigos, no por sus méritos, sino a partir de la soberana voluntad de Dios que quiere revelarse- la señal inequívoca de que iban a ser testigos de un evento que rompería las coordenadas de su vida cotidiana, para lanzarlos desafiante a una esfera de comprensión radicalmente nueva: la de la fe, que necesitará de esa otra irrupción, la definitiva: la de la Resurrección, para que pueda ser integrada en el curso inédito que van a comenzar a recorrer sus vidas, transfigurando para siempre su propia relación con el mundo.

La manifestación en este relato asume las mismas imágenes que el Antiguo Testamento utiliza para referirse a la experiencia del encuentro con la realidad de Dios: las vestiduras resplandecientes, el rostro colmado de luz de Jesús y la nube luminosa, que ensombrece la experiencia, no por falta de luz, sino por sobreabundancia, por exceso; imágenes límites de la experiencia visual para aludir a la presencia evanescente, inasible, indefinible de Dios.

El pueblo de Israel conoce dos palabras para aludir a esa manifestación: Kabod y Sekkinah; dos palabras que revelan -y simultáneamente velan- la experiencia que ha hecho de su Dios; Kabod, el Resplandor enceguecedor, la Gloria deslumbrante; Sekkinah, la Presencia, la Morada, la Tienda, la Nube radiante que llega a entenebrecer por exceso de luz, todo lo que ella cubre; el lugar en donde acampa, en donde se hace cercano –sin perder en absoluto su radical trascendencia- el Dios-con-Nosotros.

Jesús en la Transfiguración está revelándose desde la totalidad de su naturaleza divina, se está manifestando como el Señor, y desde esta manifestación ilumina la historia entera, alcanzada y permeada por esa misma gloria, por ese solo sentido que brota incontenible desde el seno del plan de Dios: Moisés y Elías: la Ley y los Profetas convergen en el único centro que es Cristo, el Señor; hacia Él apuntan las fatigas del pueblo peregrino del Éxodo, en Él encuentra el cumplimiento desbordante de las visiones y sueños de los profetas, es Él la Palabra, pronunciada de manera definitiva, la que apenas habían alcanzado a balbucear sus bocas; aquí está manifestado el fin de la creación, el sentido de la historia.

Moisés y Elías: por antonomasia los interlocutores de Dios para el pueblo de Israel -Moisés, del cual el libro del Deuteronomio en su elogio final declara que “Dios trataba con él cara a cara” (Dt 34 10); Elías, que según el Libro Segundo de los Reyes, después de ser el portavoz de Dios en medio de su pueblo, es arrebatado al cielo (2Re 2, 11)- aparecen en el relato de Mateo conversando con Jesús transfigurado: el rostro del Dios invisible al que ha seguido, escuchado y obedecido el pueblo de la Alianza desde la llamada a Abram al desierto, se hace visible en este momento; y la misión de Jesús como único interlocutor, como único mediador de la salvación queda establecida de una vez y para siempre para la Iglesia; si para el pueblo de Israel el mandato de la escucha, el “Shemá”, apuntaba a la declaración solemne de la unicidad de Dios, y de su exclusiva adoración y culto (Dt 6, 4); aquí, el mandato de la escucha se pone en relación con una persona: “Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”.

La Transfiguración del Señor acontece para estos hombres, que están subiendo con Jesús a Jerusalén, y por tanto acompañándolo en el descenso hasta su pasión y muerte, como ocasión de estímulo y consolación: han recibido la gracia de poder contemplar la meta, cuando el camino ha comenzado a ponerse definitivamente arduo, el Jesús, al que han de continuar siguiendo, irá configurándose desde este punto de inflexión, y a cada paso, con el Varón de Dolores, abatido por el sufrimiento. Ha comenzado aquí una nueva etapa en el aprendizaje de los Discípulos.

“¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas…” sólo atinará a decir Pedro, consolado, pero confuso, en el comienzo de ese aprendizaje, que habrá de continuar en el seguimiento del Jesús solo, despojado ahora de su gloria, que viene a levantar del suelo a los Apóstoles, concluida la experiencia de la Transfiguración.

Será así: en la opacidad de la carne de Jesús, que, bajando del monte de la Transfiguración, continúa su camino sin mayor esplendor que el rostro curtido del Hijo del Carpintero, es en donde tendrán que aprender Pedro y los Apóstoles a reconocer al Dios de la gloria; aprendizaje de Pedro que habrá de perseverar vacilante, amenazado por la tentación de imponer al Señor los planes surgidos de la propia fragilidad, entorpecido por la humillante experiencia de la cobardía de la triple negación, en la vigilia de la Pasión, hasta llegar a encontrarse con el abrazo acogedor y el definitivo envío del Señor Resucitado. El mismo Señor que, por cierto, sigue insistiendo todavía hoy –como con vehemencia clamó la voz venida del cielo- el ser reconocido desde la sequedad de la fe, desde la parquedad de los signos, en la pequeñez de la vida sin esplendor de los pobres; el mismo Jesús que nos sigue esperando en la frágil presencia del pan eucarístico que se oculta indefenso en la Tienda del Encuentro de nuestros Sagrarios.

Raúl Moris G. Pbro.

 

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *