Cómo acoger el Reino de los Cielos…

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Jesús dijo: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y a causa de la alegría que siente, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un mercader que se dedicaba a buscar perlas finas, y al encontrar una de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra. El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?” -“Sí”, le respondieron- Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo. (Mt 13, 44-52)

Para tener en cuenta…

 

Con las parábolas del tesoro escondido, del mercader de perlas finas y de la red, a las que se añade la comparación final de este pasaje, concluye el discurso de las Parábolas del Reino que ocupa prácticamente todo el capítulo 13 del Evangelio de Mateo.

 

Si en las primeras parábolas del capítulo, el tema estaba más bien centrado tanto en la esperanza del sembrador que sale a esparcir su semilla a los cuatro vientos, seguro de su capacidad de brotar con creces allí en donde encuentre tierra dispuesta a acogerla; como también en la confianza y en la paciencia del Señor en relación tanto con la eficacia de la semilla sembrada que crece junto con la cizaña en el campo del mundo: a saber, la Palabra que engendra el Reino de los Cielos en medio de las dificultades de un mundo que se resiste, que le presenta velada o franca oposición, y que se manifiesta en germen en y por medio de una Iglesia santa, pero que admite en su seno la presencia del pecado; a continuación, en las parábolas de la semilla de mostaza y en la de la levadura en la masa Jesús hacía el anuncio del misterioso crecimiento, de la infiltración y diseminación  del proyecto de la historia de Dios en la historia de la humanidad; en estas últimas tres parábolas, la atención se vuelca más bien hacia las actitudes que han de tener aquellos a quienes el Reino de los Cielos se les ha manifestado.

 

La parábola del tesoro oculto en el campo y la del mercader de perlas finas, son variantes en la formulación de una misma actitud: cuando se hace presente el Reino de los Cielos anunciado, pide radicalidad en la respuesta de aquél, a quien se le manifiesta: el Reino de los Cielos busca hombres que estén dispuestos a jugarse todo por el todo, que lo acojan sin reserva, sin contemporizaciones; el Reino de los Cielos pide audacia de parte de quienes son invitados a formar parte de él; vuelven a resonar en estas parábolas los mismos acentos puestos por Jesús en las llamadas al seguimiento, al discipulado (cf. Mt 4, 18-22; 8,18-22; 9, 9): no es digno del Reino de los Cielos aquel que adopta una actitud temerosa frente a su invitación, el que vacila, el que toma resguardos y precauciones; la alegría inmensa que provoca su presencia, ha de ser causa de que se haga todo lo que esté al alcance para hacerse discípulo y ciudadano de este Reino.

 

Sorprende empero un elemento que aparece en la primera de las parábolas, el hombre que encuentra el tesoro, primero lo vuelve a ocultar antes de ir, vender todo lo que tiene, y comprar el campo; ¿Señal de una cierta avaricia de compartir la gracia que gratis le ha sido concedida? ¿Signo de algún tipo de secretismo en la comunidad de Mateo acerca de la predicación del Reino? Si leemos este pasaje a la luz de anteriores textos en donde el tema es el anuncio abierto y valiente de la Buena Noticia (cf. Mt 10, 26-27), estaremos lejos de tales sospechas: la mención acerca del ocultamiento del tesoro, alude más bien al tiempo de recepción del anuncio del Reino por parte de los catequizados, al tiempo del catecumenado, período en el cual el modo de la enseñanza era la escucha atenta y sigilosa en el seno de la comunidad, período en cuya pedagogía existía este tiempo de instrucción “al oído”, que preparaba cabalmente al nuevo discípulo para conocer y abrazar en su integridad las exigencias que el Reino proponía a los nuevos bautizados.

 

Por su parte, la Parábola de la Red, que sigue a estas dos, nos vuelve a situar frente a una inquietud semejante a la que da origen a la Parábola de la Cizaña; frente a la inquietud de quienes, quizá por un exceso de celo e impaciencia, no logran entender la compleja realidad del Reino anunciado y encarnado en las comunidades, Reino que, inaugurado en el ya de Jesucristo, tiene que esperar el tiempo de su plena realización: así como el campo alberga el buen trigo y la cizaña creciendo juntos hasta la cosecha final, así también la red, arrojada al mar, recoge toda clase de peces, grandes medianos y pequeños; así también la Iglesia, Reino de Cristo presente ya en el misterio, germen y comienzo de este Reino en la tierra (como no se cansará de repetir para recordárnoslo el Concilio Vaticano II en LG 3 y 5), la Iglesia santa por gracia y vocación, contiene entre sus miembros la presencia corrosiva –pero no definitiva ni aniquilante- del pecado: la mezquindad, la dificultad de caminar juntos que mina tantas comunidades, las pequeñas y grandes fricciones que nacen de la tentación de querer manejar grandes o pequeñas cuotas de poder, el abuso de este mismo poder, aludiendo,  pretextando y pervirtiendo el originario anhelo de santidad.

 

La última comparación parece ser una invitación; el Reino de los Cielos no ha sido anunciado en despoblado en medio nuestro, lo acogemos en nuestras vidas desde nuestra cultura, desde nuestra historia, pero irrumpe entre nosotros para que esa vida y esa historia sean revisadas a su luz, como el escriba, que habiendo aprendido un saber acerca de Dios, habiendo adquirido no poca experticia en cuestiones de religión, ha de reconsiderar todo lo aprendido para evaluar qué es lo que sirve, qué es lo esencial, qué lo accesorio, como cuando después de una larga temporada de invierno, sacamos del armario la ropa ligera, la vieja y la nueva, para discernir con qué nos quedamos y qué debemos de tirar, qué de lo que se ha convertido en nuestras prendas habituales sirve todavía para poder acoger renovados la alegre primavera, promesa esperanzada de la plenitud del sol del verano, así ha de sorprendernos y sacudirnos la novedad del anuncio del Reino, plenitud de la Voluntad y de la Acción recreadora de Dios en la humanidad que Él ha querido desde siempre junto a sí.

 

El domingo 17 del tiempo durante el año, pone en conexión los versículos conclusivos de discurso de las parábolas del Evangelio según San Mateo, con el relato de la elección de Salomón tomado del Primer Libro de los Reyes. Salomón que está comenzando a probar el gusto que tiene el poder –es un joven rey- es puesto en la prueba de la elección por Dios, un Dios que podría darle la seguridad de permanecer aferrado a ese mismo solio del poder, un Dios que podría incrementar las riquezas que el joven rey ha heredado de David, su padre y con el aumento de las riquezas, el subsecuente aumento de poder, un Dios que podría proporcionarle la salud, la ausencia de enemigos, un pueblo aplacado y devoto de su voluntad soberana; pero Salomón está ávido de otra cosa de parte del Señor y es de la Sabiduría, la Hokma, que los teólogos (los profetas y poetas) del  pueblo de Israel reconocen como uno de los primeros atributos incontestables de Dios.

 

La Hokma, que difiere de la Sophía, que los filósofos griegos estaban buscando con ansias por las costas de Jonia y Siracusa, y la rastreará Sócrates, cuando pueda propiciarse la ocasión de entablar un diálogo con los sabios, con los hombres de letras y de negocios, con los jóvenes que adornan con esta búsqueda los intensos días de ocio en el gimnasio, la palestra, los transitados mármoles del Ágora en Atenas.

 

La Hokma difiere porque esta última, la Sophía es teórica e inmóvil, su meta es poder contemplar -aquietado el discurrir incesante de la mente- el eterno y siempre igual a sí mismo resplandeciente rostro de la Verdad, desvelado en soledad, cara a cara frente al alma extática del filósofo. La Hokma, la que quiere recibir Salomón como don de Dios es práctica, sirve aquí y ahora, para conocer el derecho y las leyes, para discernir en la encrucijada el camino correcto, para gobernar y servir con prudencia, para poder caminar y encaminar a otros, en suma, no sirve para saber solamente, sirve para vivir.

 

Esa sabiduría, que –Salomón no lo sabe todavía- pero la está adquiriendo ya en el momento de pedirla, de discernir que ella es lo único que realmente vale la pena pedir, es la misma que permite reconocer y distinguir la presencia del Reino y valorarla como tesoro, aunque esté aún en germen, aunque esté contaminada y cubierta de terrones  –como el tesoro enterrado en el campo- aunque esté confundida en medio de otras lúcidas perlas que desde la canasta del mercader tientan al ojo inexperto, es la que nos puede capacitar para reconocer que el Reino de Dios, activo, imbatible –y siempre contracultural- sigue asomándose a nuestro derredor, asombrándonos, desafiándonos, aún en medio de las torpezas que podamos seguir empeñados en llevar a cabo en el corazón mismo de la Iglesia.                                

Raúl Moris G. Pbro. 

 

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