Transfiguración del Señor Éste es mi Hijo, escúchenlo…

Periódico Buena Nueva de Linares > Animación Bíblica > Transfiguración del Señor Éste es mi Hijo, escúchenlo…

Transfiguración del Señor

Dgo. 06 de Agosto

 

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “¡Señor, qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. (Mt 17, 1-9)

El pueblo de Israel conoce dos palabras para aludir a la manifestación reveladora de Dios en medio de su pueblo, para hablar de una Teofanía: Kabod y Sekkinah; dos palabras que revelan -y simultáneamente velan- la experiencia que ha hecho de su Dios; Kabod, el Resplandor enceguecedor, la Gloria deslumbrante; Sekkinah, la Presencia, la Morada, la Tienda, la Nube radiante que llega a entenebrecer por exceso de luz, todo lo que ella cubre; el lugar en donde acampa, en donde se hace cercano –sin perder en absoluto su radical trascendencia- el Dios-con-Nosotros.
Jesús en la Transfiguración está revelándose desde la totalidad de su naturaleza divina, se está manifestando como el Señor, y desde esta manifestación ilumina íntegra la historia, alcanzada y permeada por esa misma gloria, por ese solo sentido que brota incontenible desde el seno del plan de Dios: Moisés y Elías: la Ley y los Profetas convergen en el único centro que es Cristo, el Señor; hacia Él apuntan las fatigas del pueblo peregrino del Éxodo, en Él encuentra el cumplimiento desbordante de las visiones y sueños de los profetas, es Él la Palabra, pronunciada de manera definitiva, la que apenas habían alcanzado a balbucear sus bocas; aquí está manifestado el fin de la creación, el sentido de la historia.
Moisés y Elías, para el pueblo de Israel los interlocutores de Dios por antonomasia -Moisés, del cual el libro del Deuteronomio en su elogio final declara que “Dios trataba con él cara a cara” (Dt 34 10); Elías, que según el Libro Segundo de los Reyes, después de ser el portavoz de Dios en medio de su pueblo, es arrebatado al cielo (2Re 2, 11)- aparecen en el relato de Mateo conversando con Jesús transfigurado: el rostro del Dios invisible al que ha seguido, escuchado y obedecido el pueblo de la Alianza desde la llamada a Abram al desierto, se hace visible en este momento; y la misión de Jesús como único interlocutor, como único mediador de la salvación queda establecida de una vez y para siempre para la Iglesia: “Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”.
La Transfiguración del Señor acontece para estos hombres, que están subiendo con Jesús a Jerusalén, y por tanto acompañándolo en el descenso hasta su pasión y muerte, como ocasión de estímulo y consolación: han recibido la gracia de poder contemplar la meta, cuando el camino ha comenzado a ponerse definitivamente arduo, el Jesús, al que han de continuar siguiendo, irá configurándose desde este punto de inflexión, y a cada paso, con el Varón de Dolores, abatido por el sufrimiento. Ha comenzado aquí una nueva etapa en el aprendizaje de los Discípulos.
“¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas…” sólo atinará a decir Pedro, consolado, pero confuso, en el comienzo de ese aprendizaje, que habrá de continuar en el seguimiento del Jesús solo, despojado ahora de su gloria, que viene a levantar del suelo a los Apóstoles, concluida la experiencia de la Transfiguración.
Será así: en la opacidad de la carne de Jesús, que, bajando del monte de la Transfiguración, continua su camino sin mayor esplendor, que el rostro curtido del Hijo del Carpintero, es en donde tendrán que aprender Pedro y los Apóstoles, a reconocer al Dios de la gloria; aprendizaje de Pedro que habrá de perseverar vacilante, amenazado por la tentación de imponer al Señor los planes surgidos de la propia fragilidad, entorpecido por la humillante experiencia de la cobardía de la triple negación, en la vigilia de la Pasión, hasta llegar a encontrarse con el abrazo acogedor y el definitivo envío del Señor Resucitado. El mismo Señor que, por cierto, sigue insistiendo todavía hoy –como con vehemencia clamó la voz venida del cielo- el ser reconocido desde la sequedad de la fe, desde la parquedad de los signos, en la pequeñez de la vida sin esplendor de los pobres; el mismo Jesús que nos sigue esperando en la frágil presencia del pan eucarístico que se oculta indefenso en la Tienda del Encuentro de nuestros Sagrarios.

 

 

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *