La Esperanza del Sembrador

Dgo. 16 de Julio, XV del T. Ordinario

Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les comenzó a decir: “El Sembrador salió a sembrar… (Mt 13, 1-23)

 

La respuesta de Mateo a la inquietud de la comunidad a la que se dirige, recogida en la inquietud de los Apóstoles, en los versículos centrales de este pasaje, dará forma a su explicación de la Parábola: la semilla ha sido esparcida, la Palabra ha sido proclamada; pero esta Palabra supone una disposición de parte del que la escucha. La Palabra del Señor espera, como la semilla espera de la tierra en donde cae, el ser acogida, entendida, conservada.
La Palabra siempre fecunda, sólo transmite vida a aquel que está dispuesto a dejarse penetrar por ella, a dejarse impregnar con su fuerza, a permitir que la Palabra invada con sus raíces el entendimiento y el corazón para que en éstos germine el Reino.
La Palabra, como toda acción de la Gracia, aunque puede obrar por sí misma, porque la plenitud del vigor del Señor reside en ella, no invade ni avasalla al que la recibe, sino que espera ser acogida; no arrasa pasando por encima de quien la acoge, sino que se manifiesta como libre invitación al seguimiento; no anula los temores y las inquietudes de quien la sigue, pero fortalece al que se hace fuerte en el seguimiento y en el anuncio. Dios es omnipotente y su Palabra es eficaz, pero desde esa omnipotencia y eficacia se auto-impone un límite: lo más preciado de su más preciada criatura: la libertad para acoger su acción y dar frutos a partir de la Palabra.
Pero ésta no es la única buena noticia que Mateo nos regala en este Evangelio; hay otra que se anuncia de modo más sutil: La Esperanza del Sembrador, y su confianza puesta en la tierra que ha sentido sus pasos.
El sembrador no deja de esparcir su semilla para sentarse a calcular la fertilidad de la tierra, simplemente confía en la semilla, en la tierra y siembra; no se detiene a pensar si va a ser eficaz su acción, sino que alegre y con esperanza la realiza con prodigalidad esparciendo su semilla a manos llenas; y el final de la parábola viene a confirmar esa esperanza: en despecho de los terrenos mezquinos y agrestes, la tierra fértil no solo da frutos, sino que lo hace con creces, con desmesura, (en el contexto agrícola de los tiempos de Jesús, que un campesino pueda multiplicar por cien o por sesenta lo sembrado es prácticamente imposible, incluso por treinta, habría sido hacer una proyección sumamente optimista), como si el fruto de la tierra fértil quisiera venir a compensar con esa sobreabundancia inusual y sorprendente el esfuerzo de la semillas que se consumen, brotan con dificultad y se agostan en la estéril.
Así ocurrió con la siembra de la Palabra en tiempos del evangelista, a pesar de la persecución, a pesar de las deserciones que el temor originaba en las comunidades, en medio de la tibieza en el seguimiento que venía a entorpecer el andar de las iglesias, la Iglesia creció y siguió dando frutos hasta nuestros días.
La esperanza del Sembrador y de los que se sintieron -y aun se sienten- llamados a continuar perseverando su oficio, fructifica a lo largo de la historia, sigue sorteando las tribulaciones del tiempo, sigue esperando el tiempo de gozo de la abundancia en la cosecha.

 

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