Cómo crece el Reino de los Cielos…

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Dgo. 23 de Julio, XVI del T. Ordinario

Jesús propuso esta parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. (Mt 13, 24-43)

En las tres parábolas de este pasaje del evangelista nos encontramos una vez más con aspectos del carácter del Padre que Jesús nos revela: la esperanza y confianza que Él ha puesto en la obra del Hijo, en su Palabra, y en la humanidad a la que ha salido a buscar; Su tolerancia y paciencia en la espera de que los procesos que son despertados y puestos en marcha por la acción eficaz de Su Palabra, no van a ser en vano, sino que, aunque tarde, el fruto que ha de brotar será digno del esfuerzo y de la espera.
La primera y la última de las parábolas, la de la cizaña y la de la levadura en la masa, aunque tan diversas en su contenido manifiesto, mostrarán de modo similar el talante del Padre: el dueño del campo que siembra buena semilla y luego descansa, la mujer que, luego de poner un poco de levadura en la masa, espera que ésta obre su alquimia secreta y que al calor del horno la masa se transforme en buen pan, tienen en común la esperanza, la confianza, la paciencia: saben que la buena semilla o la levadura no dejarán de hacer su trabajo; uno y otra esperan… -uno que el campo, la otra que la harina- aguardan el momento en que acojan la fuerza generadora de vida que hará surgir de la semilla el trigo maduro y de la masa el pan generoso, para alimentar y alegrar a los hombres; y confían en que su espera paciente, no será defraudada; saben, por cierto, que todo buen resultado supone el tiempo silencioso y lento de los procesos, tiempo que a veces nos podría parecer lento en demasía; pero, ni el dueño del campo interviene en el proceso de crecimiento del trigo, aunque esté creciendo en el mismo campo la cizaña, extraña, ajena y hostil, pero peligrosamente parecida al buen trigo nuevo; ni la mujer abre la puerta del horno antes de tiempo para ver si ha fermentado la masa y cómo se está cociendo el pan, sabe el primero que si interviene y arranca la cizaña, corre el riesgo de no reconocer ni distinguirla del trigo en crecimiento y, por exceso de celo o por descuido, arrancarlo; sabe la segunda, que la masa se baja y el pan se estropea, si por impaciencia quiere verificar el proceso o apurar su término.
Pero ¿De qué están hablando estas parábolas? Del Reino de los Cielos, nos explicita Mateo, pero también de la Iglesia. Ésta es el campo de buen trigo que no obstante alberga también la cizaña entre sus surcos; ésta es la levadura puesta en la masa del mundo para que se transforme en buen pan; ésta es la insignificante semilla de mostaza de cuyas entrañas florecerá por la gracia de Dios el Reino en todo su esplendor. Jesús con sus palabras y sus acciones ha venido a anunciar que el Reino -la realización de la Voluntad del Padre en y a favor de la humanidad- ya está misteriosamente presente y actuando en medio nuestro.
Transcurre tenso el peregrinar de esta Iglesia santa, que sin embargo aloja en medio suyo la presencia misteriosa e inquietante del pecado: trigo y cizaña creciendo juntos: Trigo pródigo en engendrar tantas y tan diversas formas de santidad, a través del tiempo de este caminar y en medio de tantos lugares, de tantas realidades. Persistente y tenaz cizaña que opaca y sofoca el anhelo de santidad con la mezquindad, con la tentación del poder, con tantas torpes divisiones que carcomen el seno de tantas comunidades, con tan vergonzosos testimonios contrarios al Evangelio.
Cizaña sutil que se suele instalar en el corazón de quienes se creen más santos y jueces de sus hermanos y quisieran apresurar y administrar por cuenta propia con celo de inquisidor el tiempo de la siega y el juicio. Cizaña que no sólo se manifiesta en el pecado flagrante y grosero, sino también ese otro más insidioso y más dañino, que se enquista en el centro de la vida de las comunidades más religiosas que prefieren la pureza a la misericordia y a la acogida; pecado que pervierte la legítima aspiración de santidad en enfermiza obsesión de pureza, castrante y cauterizante, que se aterroriza ante todo contacto que amenace con la sola posibilidad de la contaminación; ése es el pecado de los siervos de la parábola, que por el celo con el que guardan el campo de su señor, no logran darse cuenta que la peor cizaña ya está instalada en lo hondo de sus corazones.
La buena noticia de estas parábolas radica en el anuncio insistente de la esperanza, de la confianza y de la paciencia: la cosecha vendrá a su tiempo, y allí podremos ver que la cizaña que cada día más parece haber sido sembrada a manos llenas en el campo de la Iglesia, no ha logrado acabar con el trigo, que la levadura ha fermentado y ha convertido la masa del mundo en buen pan para el banquete de los hijos, que la insignificante semilla de mostaza, plantada en la pequeña comunidad de los apóstoles, se ha transformado en un árbol que abriga a gentes de todos los pueblos y extiende sus ramas y sus renuevos dando sombra a la tierra entera.

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