Cómo acoger el Reino de los Cielos

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Dgo. 30 de Julio, XVII del T. Ordinario

Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y a causa de la alegría que siente, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un mercader que se dedicaba a buscar perlas finas, y al encontrar una de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra. (Mt 13, 44-52)

 

Con las parábolas del tesoro escondido, del mercader de perlas finas y de la red, a las que se añade la comparación final de este pasaje, concluye el discurso de las Parábolas del Reino que ocupa prácticamente todo el capítulo 13 del Evangelio de Mateo.
La parábola del tesoro oculto en el campo y la del mercader de perlas finas, son variantes en la formulación de una misma actitud: el Reino de los Cielos anunciado, cuando se hace presente, pide radicalidad en la respuesta de aquél, a quien se le manifiesta; el Reino de los Cielos busca hombres que estén dispuestos a jugarse todo por el todo, que lo acojan sin reserva, sin contemporizaciones; el Reino de los Cielos pide audacia de parte de quienes son invitados a formar parte de él; vuelven a resonar en estas parábolas los mismos acentos puestos por Jesús en las llamadas al seguimiento, al discipulado (cf. Mt 4, 18-22; 8,18-22; 9, 9): no es digno del Reino de los Cielos aquel que adopta una actitud temerosa frente a su invitación, el que vacila, el que toma resguardos y precauciones; la alegría inmensa que provoca su presencia ha de ser causa de que se haga todo lo que esté al alcance para hacerse discípulo y ciudadano de este Reino.
Sorprende empero un elemento que aparece en la primera de las parábolas, el hombre que encuentra el tesoro, primero lo vuelve a ocultar antes de ir, vender todo lo que tiene, y comprar el campo; ¿Señal de una cierta avaricia de compartir la gracia que gratis le ha sido concedida? ¿Signo de algún tipo de secretismo en la comunidad de Mateo acerca de la predicación del Reino? Si leemos este pasaje a la luz de anteriores textos en donde el tema es el anuncio abierto y valiente de la Buena Noticia (cf. Mt 10, 26-27), estaremos lejos de tales sospechas: la mención acerca del ocultamiento del tesoro, alude más bien al tiempo de recepción del anuncio del Reino por parte de los catequizados, al tiempo del catecumenado, período en el cual el modo de la enseñanza era la escucha atenta y sigilosa en el seno de la comunidad, período en cuya pedagogía existía este tiempo de instrucción “al oído”, que preparaba cabalmente al nuevo discípulo para conocer y abrazar en su integridad las exigencias que el Reino proponía a los nuevos bautizados.
Por su parte, la Parábola de la Red, que sigue a estas dos, nos vuelve a situar frente a una inquietud semejante a la que da origen a la Parábola de la Cizaña; frente a la inquietud de quienes, quizá por un exceso de celo e impaciencia, no logran entender la compleja realidad del Reino anunciado y encarnado en las comunidades, Reino que, inaugurado en el ya de Jesucristo, tiene que esperar el tiempo de su plena realización: así como el campo alberga el buen trigo y la cizaña creciendo juntos hasta la cosecha final, así también la red, arrojada al mar, recoge toda clase de peces, grandes medianos y pequeños; así también la Iglesia, Reino de Cristo presente ya en el misterio, germen y comienzo de este Reino en la tierra (como no se cansará de repetir para recordárnoslo el Concilio Vaticano II en LG 3 y 5), la Iglesia santa por gracia y vocación, contiene entre sus miembros la presencia corrosiva –pero no definitiva ni aniquilante- del pecado: la mezquindad, la dificultad de caminar juntos que mina tantas comunidades, las pequeñas y grandes fricciones que nacen de la tentación de querer manejar grandes o pequeñas cuotas de poder, el abuso de este mismo poder, aludiendo, pretextando y pervirtiendo el originario anhelo de santidad.
Hay una sabiduría antigua y nueva, que nos transmiten estas parábolas, y que no podemos dejar de pedirla incesantemente al Señor: la de ser capaces de reconocer y distinguir la presencia del Reino y valorarla como tesoro, aunque esté aún en germen, aunque esté contaminada y cubierta de terrones –como el tesoro enterrado en el campo- aunque esté confundida en medio de otras lúcidas perlas que desde la canasta del mercader tientan al ojo inexperto, es la que nos puede capacitar para reconocer que el Reino de Dios, activo, imbatible –y siempre contracultural- sigue asomándose a nuestro derredor, asombrándonos, desafiándonos, aún en medio de las torpezas que podamos seguir empeñados en llevar a cabo en el corazón mismo de la Iglesia.

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