Una Buena Noticia que nos urge divulgar…

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Domingo 12 del tiempo ordinario

Jesús dijo a su apóstoles: No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo a pleno día, y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde las azoteas. No tengan miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al fuego que no se apaga.

¿No se vende acaso un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra sin el consentimiento del Padre, en cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. No teman, pues ustedes valen más que muchos pájaros.

Al que me reconozca abiertamente delante de los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero a quien me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré en presencia de mi Padre que está en los cielos. (Mt 10, 26-33)

Para tener en cuenta…

“Misterio”, en sentido cristiano, es una palabra que poco tiene que ver con el sentido que le damos a esa palabra en el uso ordinario; solemos llamar “misterio” o emplear el adjetivo “misterioso” para señalar aquellas cosas que permanecen ocultas, o aquello que queremos ocultar, o, por otra parte, a aquello difícil de comprender y que esperamos poder llegar a descubrir.

El sentido, en cambio, que esta palabra tiene en el contexto cristiano es otro: “Misterio” es aquello que alguien –Dios- nos quiere revelar, aquello que no podríamos conocer sino en la medida de que se nos quiere comunicar, no es una noticia para descubrir, sino una noticia que puja por ser descubierta. Éste es uno de los parámetros en donde debemos situar el Evangelio de hoy.

El otro parámetro, lo dará el contexto en donde fueron por primera vez recordadas estas palabras. El evangelista Mateo está poniendo por escrito estas palabras que recuerda de labios de Jesús, para una comunidad que, sin duda, ya estaba sintiendo el peso que significa anunciar el Evangelio en medio de la persecución.

La comunidad probablemente es la de Antioquía, en Siria, la fecha de composición de este Evangelio se ubica probablemente entre los últimos años de la década del 70 y los primeros de la de los 80; han pasado casi cincuenta años desde el ministerio público de Jesús, de su muerte y resurrección, las comunidades cristianas han expandido su acción misionera por toda la cuenca oriental del Mediterráneo, florecen iglesias fundadas en muchos lugares a lo largo de las rutas que conectan Jerusalén y Roma.

A fines de la década del 70, luego del saqueo de Jerusalén y de la destrucción del Templo a manos de las tropas romanas, cristianos y judíos se han separado definitivamente; la persecución ha comenzado en Roma a mediados de los 60.

En medio de este clima, muchas comunidades se vieron enfrentadas a una difícil elección: mantenerse a buen resguardo, transmitiendo temerosa, sigilosamente, las enseñanzas que los apóstoles han recibido de Cristo, corriendo el riesgo de convertir el cristianismo en una especie de sociedad secreta, entendiendo la vida comunitaria, como la vida en pequeños grupos de iniciados que comparten un secreto que sólo pueden saberlo unos pocos elegidos, -como de hecho ocurría en las muchas religiones mistéricas, que desde oriente, desde hacía ya unos cuantos siglos, llegaban encantando a griegos y romanos, ávidos de referentes sobrenaturales- o por el contrario, atreverse a anunciar el Evangelio a rostro descubierto, animarse a dar la cara por Cristo, asumiendo el riesgo de la incomprensión, de ser mirados con sospecha y hostilidad, de ser considerados enemigos.

Para Mateo, al recordar las palabras del envío de Jesús a los apóstoles, la opción está clara: Ha llegado la hora de anunciar el Evangelio de Cristo abiertamente y a la intemperie, -la imagen de la azotea es elocuente- ha llegado el tiempo del testimonio, que convierte al apóstol en audaz profeta y en decidido mártir.

El Misterio de Dios pide ser revelado, no a unos pocos, sino a toda la humanidad, la Buena Noticia que el Padre ha querido revelar enviando a su Hijo Jesucristo, necesita llegar a los confines de la tierra, para eso Jesús ha buscado entre sus discípulos y ha constituido a algunos de ellos en Apóstoles, para mantener la memoria fiel de su amor, para que el anuncio no se detenga y encuentre canales eficaces por los cuales llegar a la humanidad entera, para salir en busca de los hombres y hablar en nombre del Señor, para hablar ante los hombres y delante del Señor, en suma, para convertirlos en profetas.

El oficio del profeta es difícil, la recompensa inmediata del profeta será habitualmente el dolor e incluso la muerte; la hora del profeta suele ser la hora en que los oídos y el corazón del pueblo están ensordeciendo, en que el miedo paraliza, en que se buscan refugios para no exponerse, en que el nadie quiere escuchar palabras que hablen de ponerse de pie, de dar la cara, de anunciar y llevar a cabo sin miedo la Voluntad del Señor; pero también la hora del profeta es aquella en donde se escuchan las engañosas llamadas de la cobardía que se disfraza de prudencia, de la comodidad que implica no meterse con nadie, de no darle cuentas a nadie, de ser políticamente correcto, de mantener el paso cansino de la negligencia, del desánimo que nace del acostumbrarse a vivir una vida irrelevante.

Ciertamente esta hora había llegado para las comunidades a las que le escribe Mateo, por cierto que el temor se estaba incubando en medio de estas gentes que habían recibido con cuánto entusiasmo, con cuanta alegría el Evangelio de la misericordia de Dios viva entre nosotros; por eso el evangelista refuerza esta llamada al anuncio recordando que la misión está en manos del Padre, por eso los llama a no descuidar el anuncio del Misterio que quiere hacerse noticia explícita para la humanidad entera, recordándoles que el Padre cuida de aquellos a los que el Hijo envía, que la audacia del profeta no se verá defraudada por el cuidado que el Padre ha puesto en su tarea; que al único al que hay que de verdad temer es a Aquél que –agazapándose en lo oculto- medra en nuestros propios miedos, a Aquél que busca su beneficio en el quiebre de la unidad querida por Dios, y que se goza en ver como buscamos razones cada vez más eficaces para justificar nuestra desidia, nuestra paralizante cobardía, porque se opone desde el comienzo a toda acción que conduzca a la vida, y a la comunión; y no al Señor, en quien ha de estar fundada toda nuestra confianza y esperanza, porque la urgencia del anuncio compromete a Dios entero con la Iglesia, que la ha escogido para hacerla salir al encuentro de la humanidad, para ponerla en camino y en descampado, para descubrir Su Rostro y darse a conocer.
Raúl Moris G., Pbro.

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