El Pan para la Vida Eterna…

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Jesús dijo a los judíos: “yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo les daré es mi carne para la vida del mundo. Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que come de este pan vivirá eternamente. (Jn 6, 51-58)

Para tener en cuenta…

El discurso del Pan de Vida, que el Evangelio de Juan sitúa inmediatamente después del signo de la multiplicación de los panes, es la ocasión que el evangelista escoge para transmitirnos su lectura de la experiencia de la Eucaristía. Vamos a intentar entrar en algunos de los elementos que constituyen el sentido de la Eucaristía para el Cuarto Evangelio.

Eucaristía, Sacrificio de Comunión: el Sacrificio pertenece a esos gestos intrínsicamente humanos, no ha existido, en toda la historia del hombre, cultura alguna que no haya desarrollado –con todas las variantes posibles- este gesto de comunicación con lo sagrado, este gesto que consiste en tomar algo de nuestro entorno ordinario: frutos de la tierra, animales, productos elaborados por la comunidad, etc; separarlo y distinguirlo de ese entorno ordinario (ese gesto es el que está en la raíz de la palabra “sagrado”, Sacrum, que significa en primer lugar “separado”), y ofrecerlo a Dios o a los dioses.

El Pueblo de Israel distinguía desde antiguo al menos tres razones por las cuales sacrificar: para dar gracias a Dios por su presencia y asistencia, para expiar los pecados y purificarse, y para sellar un pacto, una Alianza.

La Eucaristía va a sintetizar en uno solo, estos tres tipos de sacrificios, poniendo al centro el tema de la Alianza. Cristo, que entrega su cuerpo y su sangre por los suyos, -por nosotros- asume la figura del cordero, tanto el que se inmolaba como primicia de los rebaños para dar gracias por la fecundidad de la tierra, como la de aquél que se inmolaba como rescate de las culpas del pueblo, el Carnero de la Expiación; y final y fundamentalmente la del Cordero Pascual, con el que se sella y se celebra el pacto de liberación del pueblo, la alianza de Dios con Israel.

Cristo ofreciendo su Cuerpo y su Sangre, es el signo de la nueva alianza establecida con la humanidad entera; la novedad de este signo radicará en el hecho de que la víctima del sacrificio no será ofrecida sólo por los hombres a Dios, sino que es Dios mismo -el Pan vivo bajado del Cielo- quien la ofrece; es Dios mismo quien quiere sellar este pacto definitivo, puerta de comunicación que no se volverá a cerrar entre los hombres y Dios; porque es también un hombre el que se ofrece por entero: Cristo, Verdadero Dios y Verdadero Hombre, entregado en la cruz, -pan partido y sangre derramada- para dar vida al mundo.

Eucaristía, Banquete de Comunión: pero la Eucaristía une el sacrificio a la fiesta, al banquete; a la celebración festiva y sobreabundante, con que hombres y mujeres marcamos los momentos más importantes de nuestro vivir y nos alegramos agradecidos por el don de estar vivos; la insistencia en este carácter festivo, recorrerá no solo el Evangelio de Juan sino también los Sinópticos: las parábolas del Banquete del Reino, la del Banquete de Bodas, dan testimonio de este sentido; es por eso que la fiesta de la superabundancia del compartir, que es el episodio de la Multiplicación de los Panes, se transforma en la memoria de los discípulos en signo elocuente del Reino y en anuncio de la Eucaristía; la comunión celebrada en esta fiesta, que es la Eucaristía, es la de la humanidad esposa del Señor, es la de la humanidad hija en el Hijo del Padre Eterno, es la de la humanidad hermanada de modo definitivo en Cristo; (es precisamente esto lo que va a acentuar el Apóstol Pablo en 1Co 10. 16-17: cáliz compartido, pan repartido, testimonian la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y esta comunión se prolonga entre todos los que formamos su Cuerpo, que es la Iglesia), la fiesta de la Eucaristía celebra la comunicación fraterna de la humanidad consigo misma, la solidaridad de aquellos que se saben re-unidos por Cristo, con Cristo y en Cristo; y la comunicación entre el cielo y la tierra, que ya nada la podrá romper, el diálogo eterno entre Dios y nosotros.

Eucaristía, Signo y Presencia real: celebramos y reconocemos en la Eucaristía, la actualidad de la presencia del Señor en medio de la humanidad; la misma presencia anunciada y prefigurada en el tiempo del Éxodo en el Arca de la Alianza y en la Tienda del Encuentro, la misma que en el tiempo de los profetas, se anuncia en la espera del Emmanu-Él, el Dios-con-Nosotros; la presencia del que despojado de su gloria se hace hombre para siempre, y entregado por nosotros, se queda para siempre junto a su pueblo, para acompañarlo y alimentarlo en los desiertos del camino de la Iglesia rumbo al Reino, rumbo al Padre.

Presencia real, concreta y humilde: el que ha nacido en un pesebre y ha entregado su vida en una cruz, permanece en medio nuestro bajo el signo del pan y el vino, alimento alegría de los pobres.

Presencia y Signo, la Eucaristía es Memoria: mirada hacia nuestra historia para leer la historia que Dios ha querido hacer con nosotros; es Acción de Gracias: porque esa historia está tejiéndose, aquí y ahora, donde quiera que haya hombres y mujeres que creen en Cristo, creen en el sentido y la eficacia de su Palabra, la asumen como desafío, lo reconocen en la fracción del pan, y comulgan con su Cuerpo, su Sangre y su Palabra; y es Anuncio gozoso: en el Cuerpo y la Sangre compartidos, modesto banquete de los peregrinos, nos hacemos por adelantado comensales, invitados a la mesa definitiva del Cielo, cuya primicia la estamos gustando hoy.

Eucaristía: Misterio de la Original Iniciativa Salvadora de Dios: La comparación, sustitución y superación del signo del Maná -el pan bajado del cielo con el que los israelitas fueron pródiga y prodigiosamente alimentados por Dios en el desierto durante el tiempo del Éxodo- va a apuntar en el Discurso de Pan de vida a revelar la original iniciativa salvadora de Dios: no somos nosotros los que hemos encontrado a Dios y lo podemos aplacar por nuestros propios méritos, no somos nosotros los que hemos descubierto a Dios y lo hemos domesticado, para hacerlo uno de los nuestros.

Es Él la fuente originaria de toda iniciativa con relación a nosotros, es su amor, de fidelidad insondable, el que conduce toda nuestra historia; es su amor el que ha hecho brotar la Creación entera; cuando desde el seno pletórico de vida de la Trinidad brota incontenible la Voluntad de crear el universo y dentro de él al hombre, para hacerlo participar y convertirlo en testigo de ese amor; es su amor el que se expresa en todos los registros de nuestra lengua para salir peregrino a nuestro encuentro, ir revelándonos paso a paso su rostro e invitándonos al seguimiento que conduce a la vida; es su amor el que se compadece del hambre de Israel y se derrama desde el cielo en el provisorio Maná, alimento real y signo de ese otro Alimento que es Él mismo, el alimento definitivo que en cada Eucaristía nos adelanta el Pan del Cielo; es su amor, que baja desde el cielo, el único que ha abierto esas puertas por las que entraremos en la vida sin ocaso; es su amor que transformando de verdad el pan y el vino que compartimos en la mesa de la Eucaristía en su propia carne y sangre, nos va transformando también a nosotros, conformándonos a Él, salvándonos.

Eucaristía, Misterio de Comunión: los judíos que escuchaban las palabras de Jesús, y sus propios discípulos, se escandalizaron ante este lenguaje; las palabras de extrañeza que dieron origen al nombre del Maná (Man hú?, ¿Qué es ésto? se preguntaban unos a otros los israelitas cuando descubren el campo cubierto del alimento que les permitirá seguir peregrinando) se repiten en la confusa murmuración que suscitan las palabras de Jesús; palabras que exigían de ellos, como siguen exigiendo de nosotros, una ofrenda, la de nuestra voluntad y entendimiento; la ofrenda de la Fe.

No fue fácil para ellos escuchar hablar de comer su cuerpo y beber su sangre; no era fácil para ellos entender que la salvación pasa por este gesto de comunión, como tampoco lo es para nosotros -una vez que hacemos el ejercicio de recuperar el asombro, cuando dejamos de ver y estar en la Eucaristía, acostumbrados a ella porque estamos inmersos en una cultura todavía cristiana- el llegar a contemplar de verdad y en toda su hondura, este gesto del amor de Cristo, cuando nos dejamos alcanzar por el misterio del Dios entregado, partido y repartido, hecho alimento que pasa por nuestras manos, de mano en mano, cuando está conformado el Cuerpo de Cristo que somos todos los creyentes, para que tengamos vida, para que formemos parte de Su Vida para siempre.

Raúl Moris G., Pbro.

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