Animación Bíblica, Creer en Jesús, creerle a Jesús…

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Domingo 14 de Abril, 5to de Pascua

 

Jesús le respondió; “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, y ¿todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: «muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos por las obras. Les aseguro que el que
cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. (Jn 14,1-12)
Jesús propone un desafío a sus Apóstoles en este Evangelio, desafío que llega a nosotros también con la misma urgencia: Creer en Él y creerle a Él. Creer que Él es quien dice que es: el Hijo de Dios, el revelador del rostro del Padre, y creer que lo que nos dice, lo que nos propone, es lo que nos conviene para nuestra salvación, creer que sus palabras nos conducen a la vida; (en otro pasaje, el mismo Evangelio de Juan, pondrá en labios de Pedro la confesión de fe que aquí se presenta como exigencia de seguimiento en la prueba: “Señor, a quién iremos, Tú tienes palabras de vida eterna, nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios ” (Jn 6, 68-69).
Para poder situar este desafío que nos está haciendo Jesús en nuestra propia vida de creyentes, será preciso que nos detengamos un momento en uno de los puntos centrales de este relato, la declaración de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Camino, apela a la memoria de un pueblo en marcha, que en su andar, se encuentra con un Dios que se revela, que lo acompaña, que lo conduce. Camino va a decir relación con un proceso gradual de acercamiento, de acompañamiento, de crear vínculos: en el camino los peregrinos aprenden a hacerse compañeros, solidarios, aprenden a desarrollar el don de hacerse unos con otros el regalo máximo de la confianza; el Camino es el espacio de la experiencia, de la confianza que va siendo ganada paso a paso; la fe en Jesucristo no consiste en un aprendizaje intelectual de una doctrina, de un catecismo teórico; pero tampoco consiste en un aprendizaje sentimental de momentos que me emocionan; la fe en Jesús se va labrando y se va asentando en la medida en que nos atrevemos a hacer con Él, y de su mano, el éxodo que nos propone. Es allí, en el camino en donde se nos regala la experiencia de saber quién es el que va con nosotros, delante, al lado y detrás nuestro, guiándonos, sosteniéndonos, confortándonos, reprendiéndonos, consolándonos, cuidando que nuestros pies no sigan tropezando. En esta misma línea se inscribe también el segundo término: Verdad para el pueblo de Israel, es sinónimo de “Fidelidad”, de palabra empeñada y mantenida, Verdad es lo que sale de la boca del Señor, que nunca se desdice, que cumple las promesas; Verdad es revelación del Misterio de Dios, que por amor se acerca a la humanidad, le muestra su rostro, la invita al seguimiento, y haciéndose hombre, la llama a compartir su Vida; Verdad es lo que pronuncia la voz de aquel en quien hemos confiado y no nos engaña cuando nos dice que el camino que nos ha invitado a recorrer – arduo y trabajoso, lo sabemos- conduce a la Vida, porque se trata del seguimiento de los mismos pasos quien ha entregado su Vida para que nosotros la encontremos en plenitud.
Vida, que es una de las primeros títulos que el Evangelio de Juan, en el prólogo le dedica a Jesús: aquel que desde el comienzo, desde la creación nos ha dado la vida de parte del Padre, es este mismo que ha venido a iluminar con su vida a los hombres que no obstante se obstinan en permanecer entre tinieblas; Vida, que estamos llamados a entenderla en clave pascual: solo después de la experiencia de ver al Resucitado.
habrán comprendido realmente los Discípulos qué estaba diciéndoles Jesús cuando se presentaba ante ellos con el título de Vida.
El que es Camino, Verdad y Vida, quiere que no sólo declaremos que creemos en Él como Hijo de Dios, como Dios Vivo y Verdadero, sino también que adhiramos con la inteligencia y el corazón al contenido de sus palabras: que tengamos la certeza de que la senda que nos ha trazado no nos exime del dolor, pero que conduce certera hacia nuestra propia Resurrección, que en esta Resurrección nos quiere tan diversos como nos ha querido desde el mismo momento en que nos ha convocado a la vida el día de nuestra concepción, porque la diversidad es un don precioso que brota de su misma plenitud de vida (y por eso las “habitaciones” del cielo están hechas a su medida, que ha de ser la nuestra sin que dejemos de ser nosotros mismos); que a Dios no hay que buscarlo a través de mitos, peregrinas filosofías, o complejas y desencarnadas gimnasias espirituales, sino mirando su rostro: el de ese Cristo, que sabe caminar en medio de los hombres y alimentarnos con su cuerpo y con su sangre en cada Eucaristía, hasta que nuestro andar se encuentre con sus pasos a las puertas de la casa del Padre, que nos ha creado para que estemos con Él.

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