Dgo. 21 de Mayo, 6to de Pascua,Un Paráclito que nos revela el Misterio del Amor…

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Durante la última cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo
rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce.
Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes, y estará en ustedes. (Jn 14,15-21)
Este Evangelio recoge uno de las cinco palabras de envío del Espíritu Santo que el Evangelista Juan pone en
labios de Jesús en los discursos que anteceden al relato de la Pascua. Paráclito es una palabra griega de amplia
traducción, sustantivo verbal del verbo para-kaleo; literalmente podría traducirse como el que habla en lugar
de alguien, o, a favor de alguien, o bien, el que sale a la defensa de uno, o tiene palabras de consuelo para uno;
de aquí las traducciones posibles: Abogado, Defensor, Consolador, Contenedor etc. La esperanza puesta en
alguien que se empeñe en esta tarea, va más allá de este texto del Nuevo Testamento, hunde sus raíces en el
Antiguo.
En el pueblo de Israel desde el tiempo de los profetas comienza a aparecer una misteriosa figura que ilumina el
esperar del pueblo y especialmente el esperar de los pobres, se trata del Go-él. En su origen, el Go-él designaba
a aquel pariente poderoso, que sale a la defensa del honor de la familia, aquel que puede vengar las afrentas
hecha a los más débiles de la tribu familiar; la pregunta que surge en esa época es: ¿Y para los pobres, para los
desheredados, para los huérfanos, para las viudas, para los despreciados, para el exiliado en tierra extraña, quién
es el Go-él?, ¿Quién sale a su defensa, quién los protege, venga sus humillaciones, quién los consuela? El Go-él
comienza a ser así una figura para el anuncio del Mesías, del Redentor: los pobres no tienen en la economía del
mundo quien los defienda, Dios mismo entonces es y será su Go-él; “el auxilio me viene del Señor”, cantará el salmo
120; “sé que Mi Defensor vive, y que Él al final triunfará, gritará Job en medio de la angustia extrema (Jb 19, 25).
La promesa del otro Paráclito, en Juan, se hará eco de esta tradición: hemos visto ya el cumplimiento de la
promesa en Jesús, él es el primero, el Redentor, el primer y principal intercesor de la humanidad ante el Padre; y
esta acción redentora, ha de seguir poniéndose de manifiesto en el misterio de su presencia en la Iglesia; el
Espíritu Santo, será así el Otro, el que nos abra los ojos para seguir contemplando a Cristo en el misterio, el que
nos abra el corazón para seguir sintiendo su presencia viva en nosotros; el que nos manifieste con fidelidad,
porque es el Espíritu de la Verdad. Y la Verdad que nos viene a revelar y a capacitándonos para acogerla y comprenderla es que Cristo no se cansa de ser fiel a la Iglesia, el que nos abra los labios y nos
ponga las palabras precisas en la boca para proclamar la obra de Dios en medio nuestro, para dar razón de nuestra
esperanza a quien nos la pida (1Pe 3,16), para anunciar la buena noticia de la salvación a todos los pueblos; para
comprender que las exigencias de seguimiento que nos propone Jesús, sus mandamientos, no son una carga
adicional, una suerte de impuesto agregado a su llamada de amor, sino son la expresión y el camino que conduce
y que nos sumerge en ese amor que anima la vida misma Dios, que nos hace entrever, anhelar y finalmente
participar del misterio de la Trinidad. Cristo NO ha dejado huérfana a la Iglesia, su presencia permanece viva entre nosotros, y es el Espíritu Santo el que nos permite entrar en comunión con esa presencia, reconocerla en los
sacramentos, reconocerlo en la fracción del pan, descubrirlo en medio de los que sufren, para seguir anunciando al mundo la esperanza.

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